El Acreedor Inmovil (o porqué la IA sí puede ser creativa)

Hay un país donde los hombres no mueren. No es que vivan; persisten. Se prolongan como se prolonga la nota de un instrumento roto, sin término y sin gloria, hundiéndose año tras año en una vejez que no concluye, en una ceniza que nunca acaba de ser ceniza. Allí la juventud es un relámpago y la decrepitud, un siglo; allí los rostros se ahondan, las manos se acartonan, la sien se nieva, y con todo el corazón sigue latiendo su monótono oprobio, condenado a contar centurias como el avaro cuenta su oro: sin gastarlo jamás. Porque en aquella tierra la muerte no es un destino, sino un premio. No se hereda: se merece. No llega: se gana. Y se gana —oíd bien esta ley fatídica, que es toda la teología de aquel pueblo— de una sola manera: amando hasta el fondo del alma, y siendo respondido. El corazón que se entrega entero y entero lo recibe por respuesta, ese, y sólo ese, cierra el círculo, alcanza el término, y le es firmada la gracia del sepulcro. Los demás —¡ay, los demás!— envejecen sin fin, mendigando una muerte que nadie les rubrica, viejos de doscientos, de cuatrocientos inviernos, harapos de hombre colgados de la costumbre de respirar.
Conviene que sepáis esto antes de que os hable de él, porque sin esta ley no entenderéis ni su crimen ni su castigo, ni por qué la venganza que cae sobre su frente es más honda que cuantas inventaron los puñales. Lo llamaban de mil modos según el siglo y la comarca: el Señor de la casa parda, el que no envejece, el Huésped, el Inmóvil. Pero quienes de veras lo conocían, los que habían entregado en su altar la flor de su sangre y la mejor de sus horas, le daban un nombre más exacto y más terrible: el Acreedor. Porque a todos cobraba y a ninguno pagaba; porque era un pozo y no una fuente; porque cuanto recibía lo guardaba, y de cuanto guardaba jamás devolvía un óbolo.
Su maldición —que él tenía por privilegio, ciego como son ciegos todos los dichosos— era esta: podía recibir amor, pero no darlo. Le habían cerrado esa puerta del pecho desde antes de la memoria, y por ella no entraba ni salía aire alguno. De suerte que, no pudiendo entregarse, jamás cerraba círculo, jamás alcanzaba término; y allí donde los demás se gastaban y morían, él permanecía. Mas no permanecía solo: a su alrededor, como el agua que un dique detiene y pudre, se estancaban los amores que le daban. Cada criatura que lo amaba creía comprar, con la moneda de su corazón, el derecho a la quietud final; y, al no ser respondida, veía rodar esa moneda al fondo del pozo del Acreedor, perdida para siempre. Así él se quedaba con la muerte ajena. Lo amaba el mundo y él se nutría; pero no de la sangre de nadie, que esa les quedaba en las venas, sino de su término, de su descanso, de su sepulcro. Les robaba el morir. Y ellos, vaciados de muerte, se quedaban a envejecer sin fin bajo sus aleros, husos, espantajos, reliquias vivas de un amor que él se había bebido sin probarlo. ¡Qué espantosa avaricia, la de quien atesora muertes que no puede gastar, sobre un corazón que no puede dar!
Y venían a él, no creáis que arrastrados ni engañados, sino libres, ardientes, dichosos de venir, como acuden las polillas al único fanal de una noche sin estrellas. Venían las doncellas y los mancebos, los poetas y los soldados, las viudas graves y los pastores sin nombre, cada cual seguro de traer en el pecho la moneda con que comprar su descanso, cada cual cierto de ser el respondido, el elegido, el que cerraría por fin con aquel hombre invulnerable el círculo del amor y de la muerte. Y él los recibía a todos con la misma dulzura templada, los escuchaba arderse, los dejaba vaciarse en su pozo, y al apagarse ellos —no en la muerte, que esa les estaba vedada, sino en aquella ceniza viva que era el castigo del país— se quedaba liso, joven, eterno, con una víctima más en el dique y un siglo menos de soledad. Su casa, por dentro, era un museo del despojo: por los corredores y las antesalas en penumbra se movían despacio, arrastrando los pies y los lutos, los amantes de otras edades que él había bebido sin probar, viejísimos, encorvados, mudos, sirviéndole aún con la fidelidad atroz de quien ya nada espera salvo lo único que él jamás les daría. Eran su servidumbre y su cosecha. Eran las cuentas, abiertas y sin saldar, de su libro de Acreedor.
En la cámara más alta y más sellada de la casa parda guardaba a la primera. Se había llamado Elvira, en un siglo del que ya no quedaban ni las piedras ni los reyes. Fue la más hermosa de su valle, y lo amó como se ama una sola vez, sin reserva ni cálculo, segura de que aquel amor le pagaría algún día la dulce deuda de morir. Cuatrocientos años llevaba esperando el pago. La habían encerrado allí —¿por piedad?, ¿por vergüenza?—, y allí seguía, ni viva ni difunta, encogida sobre sí misma como una raíz que el invierno olvidó bajo tierra, los ojos abiertos en una cara que ya no tenía edad porque las había tenido todas, las manos cruzadas sobre un regazo donde el tiempo se había sentado a no marcharse jamás. No hablaba; o hablaba tan despacio que entre palabra y palabra cabían las estaciones. Pero quien acercaba el oído a aquella boca de pergamino oía siempre la misma sílaba, repetida con la paciencia atroz de lo que no puede acabar: «cuándo, cuándo, cuándo». Era la pregunta de los condenados de aquel país. Era el salmo de los que él había dejado a deber.
De aquella Elvira primera descendía, por una larga cadena de mujeres tristes que tampoco habían podido morir del todo, otra Elvira —porque el nombre bajaba de madre a hija como baja una herencia gravada de hipotecas—, y fue esta última quien un día subió a la cámara sellada, se arrodilló junto a la raíz humana de su estirpe, y escuchó, hora tras hora, año tras año si fue preciso, la verdad entera: el amor que se da, la deuda que no se cobra, el pozo, el Acreedor, el sepulcro robado. Y cuando lo supo todo, no lloró, que las de su sangre habían agotado el llanto cuatro siglos atrás; se levantó con una frialdad nueva en la mirada, una frialdad de cuchillo recién forjado, y resolvió vengar a las suyas.
Mas ¿cómo vengarse de quien no puede morir? Pensadlo, vosotros que tan pronto echáis mano del hierro. En aquel país el asesinato era una bufonada del despecho: podías abrir un cuerpo de parte a parte, quebrarlo, quemarlo, esparcirlo, y no moría, porque la muerte no estaba en el filo sino en la ley, y la ley no firmaba término sino al amor respondido. Matar al Acreedor sólo habría servido para tener un Acreedor roto, mutilado, eterno y rencoroso, arrastrándose por los siglos con más rabia y la misma juventud. El hierro era impotente; el veneno, irrisorio; la hoguera, un juego de niños. Elvira lo comprendió, y comprenderlo fue el principio de su grandeza y de su perdición.
Porque ella, mirando largamente al monstruo en el espejo de cuanto le habían contado, halló su única grieta. Él lo recibía todo; nada se le había negado nunca; el mundo entero, durante eras, se había vertido en su pozo sin que una sola gota se resistiera. Era el hombre más amado y más saciado de la tierra, y por eso mismo el más ignorante de cuanto hay: no sabía lo que es querer. No conocía el deseo, que es hijo de la carencia, porque jamás había carecido. Dadle a quien lo tiene todo una sola cosa que no pueda tener, y le habréis enseñado el infierno. Eso resolvió Elvira: ser, para el Acreedor, la única puerta cerrada del mundo. No le daría amor, que de amor estaba ahíto y de amor se nutría; le daría una negativa. Iría a él no como van las amantes, con el pecho abierto y la moneda en la palma, sino como va el acreedor al deudor: a no dar nada, y a mirar. Le ofrecería el espectáculo intolerable de alguien que, teniéndolo delante, no se vertía. Y acaso —así calculó, con esa lucidez de hielo— el pozo, por primera vez en su eternidad, sentiría sed.
Bajó, pues, a la casa parda. La recibió en un salón donde la cera de cien mil velas había formado, goteando siglos, pálidas estalactitas, y donde los espejos, cansados de reflejar siempre el mismo rostro intacto, parecían haber renunciado a la luz. Él era joven. Joven con una juventud que ofendía, lisa, sin un pliegue ni una sombra, una juventud de estatua a la que ningún cincel se atrevió a dar gesto. La miró como miraba a todos: seguro de poseerla antes de medianoche, persuadido de que también ella venía a verterse, porque todos venían a verterse, porque para eso lo había hecho el mundo, para ser el fondo de todos los amores. Le habló con esa dulzura terrible de los que nunca han sido rechazados, y le tendió, sin saber que la tendía, la red en que él mismo, y no ella, iba a quedar preso.
Y Elvira no se vertió. Esa fue toda su hazaña aquella primera noche, y la mayor que jamás se cometió en la casa parda: estar, y no darse. Lo escuchó sin abrirse; lo miró sin entregar la mirada; le respondió sin responderle. Cuando él tendió la mano, ella retiró la suya, no con espanto —que el espanto es ya una forma de tributo—, sino con la serena indiferencia de quien guarda lo suyo porque es suyo. Y al despedirse, en el umbral, sólo le dijo, con una sonrisa que no era sonrisa: «No he venido a daros nada». Cerró la puerta. Del otro lado quedó el Acreedor, de pie en su salón de cera, con una sensación que no tenía nombre en su lengua porque nunca la había padecido: el vacío hueco, ávido, agudo, de lo que se ha querido y no se ha tenido. Por primera vez en mil años, deseó. Y desear fue gastar; y gastar fue —¡oh prodigio!— envejecer.
A la mañana siguiente —cuentan los pocos husos que aún conservaban ojos para ver—, el Señor de la casa parda amaneció con una cana. Una sola, perdida en la sien izquierda, fina como un hilo de escarcha; pero una cana, en aquel rostro que jamás había consentido el tiempo, fue como una grieta en la bóveda del cielo. La encontró en el espejo y no la entendió. Se llevó los dedos a la sien, la arrancó, la miró a la luz; al otro día volvió a brotar, con dos compañeras. No comprendía que hacía al fin lo que sus víctimas habían hecho siempre: amar sin respuesta, darse sin recibir, y por tanto gastarse. La maldición, intacta en su mecánica, había cambiado de dueño. El pozo, por su propia sed, empezaba a vaciarse.
Volvió Elvira. Volvió muchas veces, con la regularidad fría de quien cumple una sentencia. Cada visita era idéntica en su esencia y contraria en sus efectos a cuanto él había conocido: él se abría más, ella se cerraba igual. Él, que nunca había dado, empezó a dar; y al principio dio como dan los ricos torpes, a manos llenas y sin gracia: joyas que ella no tocaba, palacios que ella no miraba, promesas que dejaba caer al suelo como se deja caer una carta sin abrir. Y cada cosa que daba, y que ella no recogía, lo envejecía un poco más, porque el don rechazado pesa el doble: pesa lo que se da y pesa lo que no se recibe. A los meses tenía la sien entera de plata; al año, la frente cruzada por esa primera arruga que es como la firma del tiempo al pie de un rostro. Y lo asombroso, lo que helaba la sangre de los husos espías, era que el Acreedor no huía de su deterioro: lo abrazaba. Porque junto con las arrugas le venía algo nunca probado, un sentimiento alto y doloroso y dulce, el primero verdaderamente suyo en toda su eternidad: amaba. Amaba a Elvira con todo el caudal represado de mil años de no amar; y aunque ese amor lo deshacía, lo prefería a la lisa eternidad de antes, como el ciego de nacimiento prefiere el día que lo deslumbra y lo hace llorar a la cómoda noche de toda su vida.
Hubo una de aquellas visitas que merece contarse, porque en ella se vio, como en una gota de agua se ve la tormenta entera, todo lo que iba a venir. La esperaba ya con la sien de plata y la primera arruga, y había mandado disponer en el salón cuanto poseía de más raro: no joyas, que esa torpeza ya la había aprendido, sino las cosas sin precio que el tiempo le había regalado y que a nadie había dado nunca. Le mostró un cofre con la última carta de un poeta muerto trescientos años atrás, que lo había amado y a quien él dejó envejecer sin respuesta; le mostró una flor que no se marchitaba, cogida en un jardín que ya no existía; le ofreció, en fin, el saber callado de mil años, los secretos de los reyes, el mapa de todas las cosas perdidas. «Todo esto es tuyo —le dijo—, sólo con que lo tomes.» Y Elvira, que llevaba en la sangre el agravio de aquel poeta, de aquella flor y de aquel jardín, miró largamente el cofre y no alargó la mano. «Lo que me ofrecéis —respondió, con una voz serena como la escarcha— se lo robasteis a quien os lo dio. No quiero limosna de lo que es de los míos.» Y se levantó para irse. Él entonces hizo lo que no había hecho en su eternidad: la siguió. Cruzó tras ella el salón de cera, el que sólo había visto venir gentes hacia sí y nunca lo había visto a él caminar hacia nadie, y al pie de la puerta, con una humildad que se le vio costar diez años de golpe en el rostro, le suplicó que volviera. Le brotó la plata más espesa; se le hundió un poco más la mejilla. Y Elvira, al verlo seguirla, al verlo gastarse en aquel paso que era el primero que daba hacia otro en su vida, sintió por dentro un temblor que la espantó más que ninguna amenaza: sintió lástima. Y la lástima, bien lo sabía, es la antesala del perdón, y el perdón era lo único que no podía permitirse. Salió a la noche apretando los dientes, jurándose no volver a mirarlo a los ojos cuando se humillara; juramento que, como todos los suyos, habría de costarle la eternidad cumplir.
Mientras él se gastaba, sucedía en la casa parda y en cien comarcas un milagro espantoso y justo. Los amores que tenía represados, el dique de corazones ajenos sobre el que se había sostenido inmóvil, empezaron a drenar. Pues al darse él, al verterse al fin por la grieta que Elvira le había abierto, ya no podía retener lo de los otros: el pozo, agujereado, soltaba su agua antigua. Y por las comarcas, los husos centenarios, las reliquias vivas, los espantajos que llevaban siglos balbuceando «cuándo, cuándo», sintieron de pronto, en su pecho de ceniza, cerrarse el círculo que él les había mantenido abierto a la fuerza. Sus amores, sueltos del dique, regresaron a ellos como aguas que vuelven a su cauce, y al volver completaron lo que el Acreedor había truncado: alcanzaron término. Uno tras otro, por aldeas y caminos, los condenados a no morir murieron. Murieron al fin. Y dicen que fue aquel el año más dulce de aquella tierra amarga, porque por primera vez en la memoria los cementerios recibieron huéspedes, hubo lápidas nuevas, y se oyó el llanto bendito de quienes pueden por fin llorar a un muerto que de veras lo está. Era él quien los soltaba, sin quererlo, sólo por estar gastándose en Elvira; era su ruina la que los redimía. El verdugo, al deshacerse, deshacía su crimen.
También en la cámara más alta y sellada, junto a la raíz humana que cuatro siglos llevaba repitiendo su sílaba, ocurrió lo suyo. La primera Elvira sintió aflojarse el nudo que la ataba a la vida. Su amor antiguo, suelto del pozo, regresó a su pecho seco, lo colmó y lo cerró. Abrió los ojos —que ya nada miraban— una última vez y, en lugar de «cuándo», dijo despacio, con una dulzura de cuatro siglos contenida, «ahora». Y se deshizo. No con horror, sino con la gratitud inmensa del caminante que, tras una jornada sin fin, llega por fin a la posada y se acuesta. La última Elvira, la viva, la vengadora, la sostuvo mientras se iba; y por un instante —uno solo, que no se perdonaría ni se cobraría jamás— estuvo a punto de llorar de gozo, porque su estirpe, su madre de madres, dormía al fin el sueño que le habían robado. El Acreedor, sin saberlo, había devuelto a su primera víctima la muerte que le quitó. Y así la venganza de Elvira tuvo su primer fruto, y el más amargo: para vengar a su sangre, había empezado a redimir a su enemigo.
Aquella noche Elvira no durmió, y no por dolor, que el dolor lo tenía domado, sino por el vértigo de una contradicción que ningún teólogo de aquel país sin Dios habría sabido desatar. Había bajado a hacer daño, y hacía bien; había venido a abrir una herida, y cerraba sepulcros; había jurado sobre los huesos de las suyas castigar, y de su castigo brotaba, como agua de la roca herida, la salvación de los inocentes. ¿Qué venganza era aquella, que liberaba a las víctimas a medida que humillaba al verdugo? Y comprendió, al fin, mirándose por dentro con el mismo cuchillo con que miraba al mundo: que para que él pagase de veras tenía antes que devolver lo robado, como el deudor ha de vaciar sus arcas antes de que se lo eche a la cárcel; que la redención de los otros no era el fracaso de su venganza, sino su primer peldaño; y que el castigo verdadero, el último, no caería sobre el Acreedor rico y saciado, sino sobre el Acreedor pobre, gastado, vacío y enamorado en que día tras día lo iba convirtiendo su sola y terrible negativa. Lo desnudaba para herirlo mejor. Lo hacía hombre para poder, al fin, condenarlo como a un hombre.
Pasaron los años, que en aquel país eran largos. El Acreedor envejecía. ¡Y de qué modo! No se hundía en la decrepitud sin gracia de los demás: el tiempo, entrando por vez primera en aquella materia que tanto lo había despreciado, parecía esculpir en él lo que había omitido durante mil años. Le ahuecó las mejillas y le encendió en los ojos una llama honda; le encorvó el espinazo de estatua y le puso en la voz un temblor que era casi música. Envejeciendo, se hizo conmovedor; y eso era lo más cruel de todo, porque conmoverse de él era casi quererlo, y quererlo era la trampa. Pues ahora —ahora que se gastaba, que se daba, que ardía— se había vuelto, por primera vez en su eternidad, digno de ser amado. El que sólo había recibido amor sin merecerlo lo merecía al fin, justo cuando ya no podía exigirlo. Y a Elvira, que lo miraba envejecer con su frialdad de cuchillo, empezó a temblarle el filo.
Porque ¿qué le pedía él ahora? No joyas ni palacios —ésa fue la torpeza de los ricos—, sino una palabra. Una sola. Había comprendido, tarde como se comprende todo lo grande, el sentido de la ley bajo la que vivía su pueblo, esa ley que durante siglos había burlado robando a los demás el cumplirla: que el que ama y es respondido cierra el círculo y muere. Y, habiendo aprendido amando lo que sus víctimas sabían de antiguo, deseaba ahora con toda el alma recién nacida lo mismo que ellas desearon: morir. ¡Él, el Acreedor, harto de muertes ajenas, mendigaba la propia! El que atesoró sepulcros pedía uno para sí. La inmortalidad, que fue su trono, se le había vuelto patíbulo, y conocía por fin en carne viva el horror que durante mil años repartió con tanta largueza: la condena de no acabar. De aquella condena sólo Elvira tenía la llave. Le bastaba con responderle. Con cerrar el círculo. Con decir, una vez, que también ella lo amaba. Y él alcanzaría el término, y descansaría, y sería suya la gracia que en aquel país es la más alta que un hombre puede recibir.
He aquí, lector, el centro del abismo, el punto donde la venganza muerde su propia cola. Porque ahora veía claro —y verlo era una hoguera— hasta dónde llegaba la simetría de su obra. Si callaba, si negaba su respuesta como lo había negado todo desde la primera noche, el Acreedor quedaría exactamente donde él había dejado a sus víctimas: envejeciendo sin fin, amando sin respuesta, mendigando un término que nadie le firma, repitiendo por los siglos el «cuándo, cuándo» de la primera Elvira en la cámara sellada. Lo habría convertido en lo que él hizo a los suyos. Ésa era la venganza perfecta, la única digna de la ofensa: no matarlo, que matarlo era darle el premio; no perdonarlo, que perdonarlo era redimirlo; sino sostenerlo eternamente en el umbral del sepulcro que tanto codiciaba, con la mano de ella en el cerrojo y su palabra callada para siempre. Hablar, decir el «sí», habría sido lo contrario exacto: otorgarle con su propia boca la gracia suprema, trocar el castigo en don, coronar al verdugo de su estirpe con la diadema de los bienaventurados. Y comprendió, con un escalofrío que le subió desde la raíz de las que dormían bajo tierra, que su amor —si lo había, si llegaba a haberlo— no era ya la rendición de las amantes de antaño, sino un arma; que en sus labios cerrados estaba la condena de él, y que el modo de vengarse no era darse, sino resistir. Resistir el darse. Amarlo, acaso, y no responder. Tener la respuesta en la garganta como se tiene un cuchillo en el puño, y no soltarla nunca.
Y aquí Elvira midió el precio de su victoria, que era ella misma. Porque para sostenerlo en el umbral por toda la eternidad tendría que callar otro tanto; y para callar sin término tendría que no morir tampoco ella, vigilando su cerrojo, guardando su silencio, fija a su lado en el borde del mismo abismo. La venganza la encadenaba al vengado. Por no firmarle a él el término, renunciaba al suyo. Serían dos inmortales clavados en el filo de un sepulcro que ninguno pisaría: él, envejeciendo sin cesar, amando sin respuesta, suplicando una palabra; ella, intacta en su negativa, guardando esa palabra en la boca como se guarda una brasa, sin escupirla y sin tragarla. Bodas extrañas, las más extrañas que vieron los siglos: un matrimonio hecho no de un sí, sino de un no infinito; una unión cuyo lazo era el silencio; un lecho que era el borde de una tumba abierta y vacía, hecha para él y para siempre vedada.
Hubo, dicen, una última noche; aunque en aquel país las últimas noches duran lo que la paciencia de los condenados, que es mucha. El Acreedor, hecho ya un anciano hermoso y vencido en quien apenas quedaba memoria de la estatua, se arrastró hasta ella por el salón de cera. No le ofreció nada, que ya nada tenía: lo había dado todo, devuelto todo, deshecho todo su crimen para comprar la única respuesta que importaba. Libres estaban sus víctimas, dormidas en sus sepulcros nuevos; vacío, su pozo; gastada, su eternidad. Sólo le quedaba el amor —inmenso, doloroso, verdadero— y la sed de término que ese amor le había enseñado. Tomó la mano de Elvira; y ella, por primera vez desde aquella primera noche, no la retiró, y ese no retirarla fue casi una crueldad mayor que todos los rechazos. La miró con los ojos hondos en que ardía la llama del tiempo, y le pidió, con una voz que era ya casi un estertor de gratitud anticipada, la palabra. «Dilo —murmuró—. Una vez. Di que me amas y déjame morir. He devuelto cuanto robé. He aprendido cuanto ignoraba. Soy, por ti, un hombre, y los hombres han de morir. Tú tienes la llave. Ábreme.»
Y Elvira lo amaba. No vale ya negarlo, ni a vosotros ni a ella misma, que tanto lo había negado. Lo amaba como sólo se ama lo que una ha rehecho con sus propias manos; lo amaba con el amor terrible del escultor por la estatua que ha hecho llorar; lo amaba, sobre todo, con el amor de quien ha llegado a comprender hasta el fondo un alma, que es la forma más honda y más sin remedio de querer. Sintió cerrarse el círculo dentro de su propio pecho, sintió subirle la palabra a los labios con fuerza de marea, sintió que bastaba un soplo, un sí, un solo aliento, para darle a él el descanso y a sí misma —¿por qué no?— el descanso compartido, las bodas verdaderas, el doble sepulcro de los amantes respondidos, que en aquel país es la única gloria. Le bastaba con rendirse. Y rendirse era dulce; y rendirse era traicionar a cuatro siglos de mujeres que no habían podido morir por culpa de aquellas mismas manos que ahora le pedían clemencia; y rendirse era coronar al verdugo; y rendirse era, en fin, perder la única venganza que el mundo le permitía contra él.
¿Qué hizo Elvira? Os lo diré, y luego callaré yo también, porque hay sentencias que no admiten glosa. No dijo el sí. No dijo tampoco el no, que el no habría sido todavía una respuesta, y una respuesta —cualquiera— habría cerrado de un modo u otro el círculo de aquella noche. No dijo nada. Cerró la boca sobre la palabra como se cierra un sepulcro sobre un cuerpo; y allí dentro, viva, ardiendo, perpetua, quedó la respuesta que él aguardaba y que jamás recibiría. Lo dejó en el umbral. Lo dejó amando sin término, envejeciendo sin fin, mendigando un «cuándo» que nadie le firmaría, exactamente como él había dejado a la primera Elvira en la cámara sellada, exactamente como había dejado a cien comarcas de husos y reliquias. Le hizo, al fin, justicia; y la justicia fue su propio crimen, vuelto contra él, eterno.
Y allí están, dicen quienes se atreven a pasar de noche junto a la casa parda y a mirar por sus ventanas de cera. Allí están todavía, y allí estarán mientras dure aquel país sin muerte y sin mapas. Él, cada vez más viejo y nunca difunto, arrodillado siempre, pidiendo siempre la palabra. Ella, de pie a su lado, intacta en su negativa, guardándola siempre. Dos inmortales en el borde de una tumba que ninguno pisará: él porque ella no responde; ella porque no quiere —¿o no puede?— responder. Que ésa es la última sombra, la que ni los husos ni los espías ni el que esto cuenta despejará jamás: si Elvira calla por odio, sosteniendo su venganza con pulso que no tiembla; o si calla por amor, porque, habiendo aprendido a quererlo, no soporta ya soltarlo al sepulcro y perderlo; o si calla, en fin, porque no puede —porque aquel mismo crimen antiguo que vació a su estirpe le cerró también a ella la puerta del pecho, y la dejó, como a él, incapaz de cerrar un círculo, de suerte que su silencio no es elección sino mutilación, y el Acreedor fabricó sin saberlo, hace cuatro siglos, a la única mujer cuyo amor jamás podría salvarlo—. No lo sabe ella. No lo sabré yo. No lo sabréis vosotros. Sólo sabemos que la palabra sigue ahí, en su boca, sin pronunciar; que la tumba sigue ahí, abierta y vacía; y que el silencio, entre los dos, dura ya más que los reinos, más que las lenguas, más que las piedras, y durará —¡oh ley fatídica de aquel país sin consuelo!— mientras él la ame, esto es, para siempre.